Títulos profesionales como capital curricular.


Juristas UNAM
Para Presidente no se estudia. No hay licencias, maestrías ni doctorados para una función de tanta responsabilidad. Y, sin embargo, las supersticiones modernas dicen que nada de cierta responsabilidad debe estar a cargo de empíricos, de gente que no se haya preparado académicamente para esa función y precisamente ésa.
Sin embargo, no hay manera de aprender a ser Presidente fuera de la oportunidad de serlo. Nada prepara para el poder fuera del poder. No se aprende antes de ejercer: se aprende ejerciendo. Se aprende a ser presidente después de que oficialmente se es. Lo cual no se debe a que, desgraciadamente, no exista la licencia, maestría, doctorado presidencial. Si se estudiara para presidente, la situación sería la misma. El título serviría no para definir quién aprendió previamente y por lo tanto tiene derecho a ejercer, sino para definir quién tiene derecho a la oportunidad de aprender posteriormente (si es que llega a aprender). 
Los universitarios con experiencia saben que aprendieron ejerciendo, después de que supuestamente ya sabían. Desconfían de los médicos, abogados, ingenieros, contadores, arquitectos, economistas, precisamente porque tienen experiencia: porque aprendieron que, para distinguir a los que saben de los que no saben, los títulos no valen el papel en que están escritos. Han visto burros con licencias, maestrías y doctorados que llegan a dar clases y a dirigir centros de investigación, que llegan a manejar millones y a tener mucho poder.
En la práctica, muchos titulados de una especialidad desempeñan funciones de otra, sin que se note la diferencia. Esto llega a extremos curiosos: los maestros y directores académicos de un nuevo titulo especializado, con frecuencia no lo tienen, a pesar de que son las autoridades en la materia. Absurdamente, la gente da excusas por estas situaciones, como si fueran lamentables anomalías. Como si lo normal fuera saber lo que se cursó académicamente. Por el contrario, lo anormal sería encontrar a un profesional cuyos conocimientos coincidieran precisamente con lo que cursó: que fuera capaz de aprobar todos los exámenes que aprobó y que no supiera más que eso. Casi todo lo cursado se olvida (afortunadamente, en muchos casos). Casi todo lo que se sabe se ha aprendido después.
La verdadera función de un título no es certificar el aprendizaje sino dar la oportunidad de aprender. Gracias a un titulo se tiene acceso al poder: a la fe de los otros, a las relaciones, a los contactos, a la información confidencial, a los lugares, a los instrumentos, a los presupuestos: al privilegio de ejercer. Un titulo es una patente de corso para cobrar por aprender. 
Curiosamente, hoy que nos creemos científicos y hasta igualitarios, no somos tan capaces de ver con ojos descreídos los títulos académicos, que son también un mecanismo para definir quiénes serán los privilegiados. Si las oficinas de registro civil tuvieran una terminal de acceso a una computadora central, que asignara al azar, desde el acta de nacimiento, los títulos universitarios (con la debida planeación, en porcentajes adecuados según las necesidades nacionales); y los niños con suerte fueran desde la infancia licenciados, doctores, ingenieros; y al terminar la preparatoria, en vez de ir a la universidad, fueran a trabajar en oficinas públicas, despachos, hospitales (siempre, naturalmente, con un tratamiento privilegiado en oportunidades de aprender, poder, prestigio, ingresos), de hecho llegarían a ser licenciados, doctores, etc. Su no haber ido a la universidad, no haría ninguna diferencia, porque la función básica de la universidad, que es asignar privilegios, quedaría cumplida al extender el acta de nacimiento.
Si uno practica una profesión, es posible, pero difícil, verla con ojos descreídos cuando, después de muchos años de ejercerla y aprender, uno llega a ver claro qué limitado es el saber en la práctica. Más gravemente aún: los pacientes mismos se ponen nerviosos cuando uno pretende desmitificar el saber. Prefieren tener fe en un inocente que todavía no se da cuenta de lo poco que sabe, en un cínico que aparenta saber o en una figura paternal que, a sabiendas, con toda la ambigüedad y hasta los conflictos de interés del caso, no saca de su inocencia al paciente.
Pero lo común es que el paciente, el cliente, el público, tengan un interés creado en creer, en descargar su responsabilidad en el que se supone que sabe. Sirve psicológicamente: para asumir el papel de feligrés, ya sea entusiasta o resentido. La gente no quiere ni saber que, en algún grado, siempre está en manos de la ineptitud, la irresponsabilidad o el azar. No quiere ni pensar que, forzosamente, de las mil o diez mil operaciones que caen bajo el campo de una supuesta competencia profesional, todas tienen que estar en algún punto del ciclo de la experiencia de quien las ejerce: unas en cero, otras en equis, otras en zeta. Pero, ¿A quién le gustaría aceptar que tal operación que van a hacerle es una en la que el profesionista no tiene experiencia, o tiene malas experiencias? ¿A quién le gustaría aceptar que tiene que haber una primera vez en la cual el cirujano empuña el bisturí para tal operación, en la cual el abogado se ocupa por primera vez del asunto? Para eso se inventan los ritos de pase. Para aliviar la angustia que produce la incompetencia, para suponerla desterrada, transitoria, bajo control. Pero ¿no es una contradicción que el saber moderno, critico, progresista, descreído, se apoye en último término en supersticiones milenarias?
La fe es crediticia. Los títulos profesionales tienen algo de títulos financieros: forman parte de un sistema de acreditación, análogo al que condujo a la banca central. Así como el Estado impuso la centralización de la violencia legítima, ya no se tolera en un Estado moderno que un general revolucionario, que una provincia, que un banco privado, emita su propia moneda. En la misma dirección, todavía se tolera la emisión de títulos profesionales por diversas instituciones educativas, aunque en grado creciente sujetos a la acreditación central. No es inconcebible que los títulos lleguen a ser expedidos por una sola institución, equivalente al Banco de México. Tendría algunas ventajas. En primer lugar, de estandarización. Actualmente hay una variedad folclórica de títulos, desde licenciado en danza hasta doctor en relaciones internacionales; variedad que muchas veces se refiere prácticamente a lo mismo (innumerables variantes del título de ingeniero, por ejemplo) y, a veces, por el contrario, da el mismo título a estudios diferentes. Sin hablar del problema de los bilimbiques, los pesos de bolita, las sábanas y tantos títulos de poca ley. Aquí también se da la Ley de Gresham: la mala moneda acaba con la buena, y tendría sus ventajas una sola fuente de emisión.
Zaid, Gabriel; Sobre los títulos profesionales como capital curricular . Aparecido en la revista Vuelta

Saludos @Mario Meneses_

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