El Hospedaje mas caro del mundo… Vivir en la cárcel; vivir del dolor ajeno.


Vivir en la cárcel; vivir del dolor ajeno

Israel Piña
14/Nov/2014 08:02

En las cárceles del Distrito Federal pagas por todo. Pagas por dormir. Pagas por caminar. Pagas por ver a tu familia. Pagas por hablar con ella. Pagas por beber, por comer y por mantenerte limpio. Pagas por vivir.

En la prisión, la vida de un preso se reduce a un número de expediente. Todo vale más que esa cifra. “No hay sentimientos allá adentro. Tú eres un número que vale menos que un bolillo. Todo es dinero”, afirma “El Marcelo”, quien pasó 9 años en la cárcel por robo de automóviles.

Todo cuesta, según “El Marcelo” -quien pide omitir su nombre por motivos de seguridad:

Hablar por teléfono cuesta un peso con 50 centavos.

Si quieres que el custodio no te despierte a las 5:30 horas sino hasta las 7:30, pagas 10 pesos.

Si quieres que dejen la reja abierta cuando debiera estar cerrada, das 15 pesos.

Si quieres estar en el patio, 10 pesos.

El cubo de agua, después de la hora oficial de llenado, vale un peso.

Si tu visita llega cuando estás en fajina, das 50 pesos para poder verlos.

Las bancas de los quioscos donde te sientas con ellos cuestan 30 pesos.

La renta de un televisor asciende a 120 semanales; la de una radiograbadora y un reproductor de DVD, a 30 pesos.

Todo eso se paga.

La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal concluyó, en un informe sobre las cárceles de la Ciudad de México, que la extorsión es “uno de los grandes problemas a resolver, principalmente lo que se refiere a la solicitud de dádivas por parte de las y los custodios a la población privada de su libertad”.

Si el preso no tiene para pagar una estancia –como llaman a las celdas– con poca gente, lo mandan a las más saturadas, a las ocupadas hasta por 50 reos. A éstas se les conoce como “Castillos Greiscol”. Ahí la gente duerme con las piernas recogidas al pecho o de pie, algunos pasan la noche atados a las rejas. Cuando los custodios abren la celda, los reos se desparraman hacia fuera de la celda.

Los “cantones” –como también llaman a las celdas– miden cuatro metros de ancho por tres de largo y están hechos para 5 personas, un número irreal para la cantidad de población. El Reclusorio Oriente, donde estuvo “El Marcelo”, tiene capacidad para 5,376 presos, pero hasta mediados de 2013 había casi 12,500, según la Comisión Nacional de Seguridad. Esto representa un sobrecupo de 232 por ciento.

Paso por El Oriente

“El Marcelo” llegó a la zona de Población del Reclusorio Oriente, donde están todos los sentenciados, el 23 de mayo de 2005. Lo condenaron a nueve años, cuatro meses y tres días de cárcel por robo de automóviles.

A las nueve de la noche, lo llamaron a él y a 14 personas más, uno por uno. Al salir del área de Ingreso, donde estaba desde el 7 de abril, marcaron su brazo con la leyenda D7-Zona2-Estancia9. A las 23:30 horas, lo recibió un custodio en la zona de dormitorios. En ese momento apareció su hermano Jesús. “Me lo voy a llevar a otra estancia, jefe”, dijo al mismo tiempo que sacó un billete de 100 pesos. Por eso “El Marcelo” llegó al D7-Zona1-Estancia5, una celda dirigida por “El Salvaje”.

“El Marcelo” comenzó a vivir con 5 personas en una celda “de lujo” localizada en el área de corrigendos, donde están los más jóvenes de la prisión y los que pasaron por la correccional para menores. Dormía en el suelo, pero acostado, algo que muy pocos gozan en el Reclusorio Oriente.

Todos los recién llegados deben cumplir con tres meses de fajina. Un día después de pisar el dormitorio, a las 9 de la mañana, Tomás, el coordinador de la fajina, buscó a “El Marcelo” para asignarle una labor. No salió al primer llamado, sus compañeros lo escondieron un buen rato.

– ¿Por qué no salías? -preguntó Tomás cuando al fin apareció “El Marcelo”- Agarra tu chicharrón (la cobija) y vente.

Un hombre se dirigió a “El Marcelo” en ese momento: “Me dijo Luis que eras su sobrino”.

El tío de “El Marcelo” estaba en la Penitenciaría de Santa Martha por homicidio y era conocido de Tomás. Para verificar el parentesco, llamaron por teléfono a Luis.

– ¿Qué pasó, hijo? ¿Cómo estás? ¿Te pusieron a hacer fajina? – preguntó Luis.

– No, tío.

– Ya está. A ver, pásame a Tomás.

“Sí, Luis. Ya no va a pasar nada, hermano, ahorita voy a hablar a su estancia”, se oyó decir a Tomás antes de colgar.

“Me hubieras dicho que es tu tío. Nada más quiero que me traigas una escoba y una bolsa de jabón”, le pidió Tomás a “El Marcelo”. Le salió barato, pues para evadir la fajina, un reo debe pagar entre 3,000 y 5,000 pesos, según la edad, la sentencia y el dormitorio que tenga, a decir de los reos.

Santa Martha Acatitla, igual de amarga

”El Marcelo” fue trasladado al Centro de Readaptación Social Santa Martha Acatitla el 26 de febrero de 2007. Hay algunas diferencias entre éste y el Reclusorio Oriente: las celdas están más limpias en el primero, además de que hay regadera en cada una de ellas, y los reos en general no rebasan los 30 años.

Lo demás, la rutina, las reglas no escritas y la violencia, son las mismas, igual de amargas.

A las 7:30 de la mañana es el primer pase de lista, luego viene “El Rancho”, como nombran al desayuno. En el patio colocan peroles grandes con café y huevos cocidos que los presos acompañan con bolillo. Cada reo debe llevar sus propios trastes, “si no tienes dónde te sirvan, no te sirven y no comiste, no les interesa”. Luego cada quien hace lo que le viene en gana: ir a la escuela, jugar en las canchas o acostarse todo el día en la estancia.

En la celda de “El Marcelo” también había reglas: uno lavaba los trastes, otro la ropa, uno más debía ir temprano por el agua y el reo más nuevo limpiaba el espacio muy temprano. “Tienes que tallar despacito, tienes que secar despacito, tienes que hacer todo callado. Cuidadito y se te cae algo porque en chinga se levanta la ‘jefa del cantón’, y te agarra a garrotazos para que aprendas a respetar el sueño”.

“Allá adentro vives del dolor ajeno, te vuelves de corazón más duro, ya no cualquier cosa te lastima, te amargas (…). No te puedo platicar de algo agradable en la cárcel porque realmente todos los días son iguales: picados, muertos, robados, golpeados. No hay un día de felicidad, no te puedo decir este fue el día más feliz ahí adentro”, cuenta.

La muerte del padre

“El Marcelo” perdió a un amigo en la cárcel: lo mataron a navajazos frente a él. También perdió a su esposa, quien en 2010 dejó de ir a verlo. Lo más doloroso fue la muerte de Francisco, su padre, el 16 de abril de 2008. Desde un día antes, se había enterado de que su papá estaba enfermo y de que el diagnóstico no era alentador, por eso llamó a su madre por la mañana, a eso de las 10 y media.

Francisco fue policía investigador federal y un tiempo estuvo asignado en Mazatlán, Sinaloa. En 1997 Francisco pidió su traslado al Distrito Federal debido a que uno de sus hermanos había sido asesinado. Francisco dejó su trabajo al poco tiempo y comenzó con actividades ilícitas: robo de autos y venta de drogas. Fue entonces cuando “El Marcelo”, de apenas 16 años, entró a ese mundo. “Mi papá me decía: ‘te voy a dar 500 pesos pero ve a Tacuba y quiero que me traigas algo’; el automóvil tenía dos bazucas (espacios para bocinas) y ahí metían la mercancía (cocaína)”. Todavía recuerda los bloques de cocaína marcados con un alacrán, símbolo que usaba el cártel de Calí, de Colombia, para distinguir sus productos.

Francisco y otros miembros de su familia controlaban ambas actividades criminales en la zona de Cuautitlán, en el Estado de México. “El Marcelo” aprendió a robar automóviles, por lo general estacionados, trabajaba para su papá y por su cuenta. Antes de los 20 años de edad ganaba 40 mil pesos semanales, en promedio.

El 1 de junio de 2003, lo detuvieron por primera vez en Iguala, Guerrero, con un Jetta robado, pero el juez lo absolvió gracias a influencias de Francisco. En marzo de 2004 lo arrestaron por tentativa de robo de auto, pero pagó su caución y llevó el proceso en libertad. La tercera fue definitiva. En la tercera, “El Marcelo” se quedaría más de nueve años, y al cumplir apenas 3 fue cuando murió su padre.

Un velatorio provisional en la cárcel

La mamá de “El Marcelo” contestó el teléfono justo en el momento en que le daban una mala noticia.

-Es que ya se murió. Tu papá acaba de morir, hijo.

– ¿Cómo que ya se murió, mamá?

-Sí, aquí me está diciendo el médico que Francisco ya se murió.

“El Marcelo”, en shock, pasó el teléfono a su hermano.

Su familia haría todo lo posible por llevar el cuerpo del papá a Santa Martha Acatitla, ubicado al poniente del Distrito Federal. Y así fue.

La carroza fúnebre llegó a las cuatro y media de la tarde a la cárcel. Un custodio colgaba de cada una de las dos puertas del vehículo que se estacionó en el área de descarga de alimentos. De él descendieron la madre y la hermana de “El Marcelo”, estaban desconsoladas. Luego bajaron el féretro.

Ese día cerraron el paso al comedor a todos los internos, sólo “El Marcelo” y su hermano Jesús, quien también cumplía una sentencia por robo, estuvieron ahí frente al cadáver de Francisco, su padre. “El Marcelo” lo tocó, lo abrazó. Le prometió que dejaría la vida de delincuente y que cuidaría de su hermano menor.

Quince minutos después, la carroza abandonó el Centro de Readaptación Social ubicado al oriente del Distrito Federal.

“El Marcelo”, con sus 1.93 metros de estatura, regresó a llorar a su estancia.

Más de seis años más tarde, apenas libre, “El Marcelo” visitaría la tumba de su padre. El 8 de agosto de 2014, por la mañana, llegaría al cementerio que está afuera del Metro Panteones, entre los límites de la delegación Miguel Hidalgo y el municipio mexiquense de Naucalpan, al norte de la Ciudad de México. Se paró frente a él y no paró de llorar. Cantó una canción y limpió la tumba.

El último día en más de 9 años

Cuando cumplió nueve años en la cárcel, los meses transcurrieron más lentos para “El Marcelo”: volvió la desesperación de los primeros días sin libertad, realizó más actividades para desgastar el tiempo y evitó cualquier problema para no alargar su estancia en ese lugar.

Al llegar los nueve años, cuatro meses y un día, reclamó su salida, pero estaba en un error: le faltaban dos días más. Esas 48 horas restantes fueron las más largas de su vida, “se me hicieron como los 9 años”, compara “El Marcelo”. Se le escapó el hambre, pero no la ansiedad que mataba con ejercicio. Aprovechó ese tiempo para acomodar sus pertenencias y repartirlas entre sus amigos, aquellos que lo ayudaron y protegieron en Santa Martha Acatitla.

El 7 de agosto de 2014 llegó. Los reos que están por salir suelen hacerlo después del segundo y último pase de lista del día, a las siete de la noche. Después de nombrar a “El Marcelo”, el custodio Miguel se acercó a él por una deuda.

– ¿Qué onda? Pasa los 10 pesos.

– Te los mandé con “El Baloo”… bueno, al otro turno te lo doy.

– ¿Qué te quieres hacer si tú ya eres hombre libre? Tú ya te vas hoy. Pero por mí te irás hasta las 12 de la noche.

– No te saques de onda, Miguel, pero si ya les aguanté nueve años, imagínate que no aguante tres horas.

“Apándenlo”, soltó Miguel, luego cerró la puerta y volvió a amenazar con retrasar la hora de salida.

“El Marcelo” se recostó en su camarote hasta las nueve y media de la noche, cuando lo llamaron a las esclusas, el último paso hacia la puerta de salida. Y a esa hora comenzó un interrogatorio y la comparación de su rostro con las fotos de su ficha signalética. Él se concentró en las respuestas que daba porque cualquier error alarga más el proceso. Pasó por cinco esclusas, en cada una le hicieron las mismas preguntas pero en forma aleatoria. Entre todas forman un trayecto de 100 metros, aproximadamente. Después de la última, hay un estacionamiento y luego la salida. El policía abrió la puerta a las 11 de la noche, “como en cámara lenta”.

Ya en la calle, “El Marcelo”, de 32 años, estalló en llanto y caminó rumbo a la avenida porque su madre aún no llegaba.

Vio a la gente pasar. Con temor, pidió un cigarro a un hombre que estaba por ahí.

– ¿Acabas de salir?

– Sí, apenas- contestó “El Marcelo”.

– Vente a la tienda. ¿No quieres un refresco?

– No, sólo un cigarrito.

– Va, cuídese y échele ganas.

Fue la primera persona con la que habló afuera de la cárcel, la primera que lo ayudó y nunca supo su nombre.

A las 11 y media de la noche llegaron su madre, uno de sus hermanos, su primo, la pareja de éste y su tía. Bajaron del carro y todos lo abrazaron. Le llevaban ropa que se puso ahí mismo. La otra, la de preso, la dejó tirada en la calle como es costumbre entre quienes salen libres.

Es para no llevarse las “malas vibras”, dicen.

Fuente: VertigoPolitico

Saludos

@MarioMeneses_

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