“Por mi madre vivo, por mi barrio muero” Maras, M18 y MS13


Maras

La palabra mara viene de marabunta. La hormiga marabunta o guerrera es un tipo de hormiga carnívora caracterizada por su comportamiento extremadamente agresivo. Su condición nómada la lleva a realizar largas migraciones y acomete mortíferos ataques en grupo a animales de mucho mayor tamaño.

Las maras son organizaciones transnacionales de corte criminal compuestas por personas, sobre todo jóvenes, de entre 12 y 40 años que aúnan características clásicas de pandilla, pero que a su vez se acercan cada vez más al perfil de crimen organizado. Estos grupos han mutado desde su origen y han ido evolucionando y adaptándose al contexto social y político. Tienen un sentido de la territorialidad muy elevado; se conforman como familias y entre compañeros de la misma pandilla existe una estrecha relación de lealtad. Comparten unos valores, ritos y códigos propios, incluido el uso y el culto extremo a la violencia. Aunque tienen una mayor presencia en las grandes urbes, también se encuentran en zonas suburbanas y rurales. Sus principales ocupaciones son el narcomenudeo, la extorsión, el secuestro, los robos y atracos, el tráfico de armas y los asesinatos por encargo.

El grado de penetración de estos grupos en la sociedad, principalmente en Honduras y El Salvador, es altísima: controlan quién entra y quién sale del barrio, cobran el “impuesto de guerra” a comerciantes y transportistas, tienen contactos dentro de la Policía y el poder judicial, suplen el poder estatal y, en fin, ejercen su poder en la sombra de los barrios. Utilizan a niños y mujeres para cobrar semanalmente el impuesto a pequeños comercios—denominados pulperías—, bares, taxis y autobuses. El pago es ineludible; quien no consigue la cantidad requerida a tiempo es asesinado y sus familias, gravemente castigadas. Miles de comercios han cerrado por este motivo y emigrado a otras ciudades e incluso a otros países, presas del pánico y el miedo.

Estos niños y mujeres son comúnmente conocidos como extorsionadores o banderas, pero no forman parte de la mara; es un rango previo a una mayor participación dentro de la pandilla. Poco a poco, se les van encargando tareas que implican mayor peligro y el uso de la violencia. Cuando consideran que el miembro ya es de total confianza, le proponen el rito de iniciación, en el cual le propinan una brutal paliza durante 13 o 18 segundos, dependiendo de la alineación del barrio; tras esto, tiene que asesinar a sangre fría a una persona seleccionada. Una vez entran en la pandilla como miembros de pleno derecho, es imposible salir. La deserción es considerada alta traición y es castigada con la muerte.

Para ampliarMaras y pandillas, comunidad y policía en Centroamérica, José Alberto Rodríguez Bolaños, 2007

Las maras representan un problema de orden interno y seguridad pública que no necesariamente está ligado al crimen organizado. Sin embargo, cada vez más frecuentemente pactan alianzas y establecen negocios con bandas criminales, traficantes de armas y carteles del narcotráfico. Aunque no existe un censo oficial, diferentes organismos de la región centroamericana como la Dirección de Inteligencia Civil Guatemalteca o el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública de El Salvador calculan que existen aproximadamente 40.000 mareros en Honduras, 30.000 en El Salvador y 19.000 en Guatemala.

Origen en el sur de California

Dos pandillas han destacado por encima del resto debido a su tamaño, importancia y capacidad operativa transnacional: la mara M18 y la Mara Salvatrucha, también conocida como MS13. Su enemistad es feroz y su identidad se conforma en oposición a su rival. Ambas comparten una jerarquía descentralizada que se organiza en grupos o clicas dentro de una misma ciudad dependiendo de su territorio. Debido a esta estructura flexible de grupos autónomos, sus miembros pueden desplazarse, migrar y reagruparse entre fronteras.

Tanto la M18 como la MS13 nacieron en la misma ciudad, pero no son coetáneas, sino fruto de procesos de formación muy diferentes. La primera tiene sus orígenes a finales de los años 50 en la ciudad de Los Ángeles, en EE. UU. Entre 1942 y 1964 se llevó a cabo el programa Bracero entre México y Estados Unidos con el objetivo de aumentar los flujos migratorios laborales para cubrir la falta de mano de obra en Estados Unidos, provocada por su participación en la Segunda Guerra Mundial. Frente a una sociedad estadounidense abiertamente racista y un ambiente hostil, diversas comunidades mexicanas organizaron un movimiento de resistencia social y cultural cuyos miembros se autodenominaron pachucos. También estuvieron fuertemente influidos por el movimiento chicano de los años 60.

Los jóvenes migrantes mexicanos y posteriormente sus hijos fueron formando las pandillas para protegerse de las agresiones de la policía y otras bandas, ya fueran latinas, afroestadounidenses o asiáticas. Consideraban el barrio como eje central de convivencia y de resistencia; se convertiría en un elemento de su identidad básica. La consigna entre pandillas era “Mi vida loca”, signada por la violencia, la droga, la cárcel y la muerte. Crearon una cultura y jerga propios, lucían tatuajes y practicaban ritos iniciáticos de carácter violento. En cuanto a su actividad, se dedicaban tanto al consumo como a la venta de drogas.

La Mara Salvatrucha se formó 30 años más tarde en los mismos suburbios que la M18. La guerra civil en El Salvador empezó en 1980 y desde el comienzo miles de jóvenes migrantes salvadoreños huyeron del conflicto. Hondureños y guatemaltecos también abandonaron sus países asolados por la violencia. Al llegar a los barrios bajos de Los Ángeles, las pandillas chicanas y afroestadounidenses supusieron una amenaza común que hizo que los centroamericanos se uniesen y formasen una nueva pandilla. En su lucha por la supervivencia, adoptaron las mismas características que sus enemigos y se valieron del uso de la violencia extrema para ganarse una reputación sanguinaria. Los centros de detención juveniles y las cárceles hicieron de crisol en el que los centroamericanos se integraron en la cultura pandillera, su estilo y sus códigos.

La guerra civil salvadoreña finaliza en 1992 con la firma de los acuerdos de paz de Chapultepec. Remesas de salvadoreños comenzaron a ser deportados de las tierras estadounidenses. En 1997 el Congreso endureció aún más las penas en la ley de inmigración y, como consecuencia, los jóvenes salvadoreños fueron deportados masivamente. La reintroducción forzosa en sus países de origen significó la entrada de generaciones de jóvenes inadaptados que solo conocían la intimidación como forma de relacionarse con su entorno.

Debido a las deportaciones masivas, las pandillas nacidas en Los Ángeles se extendieron por Centroamérica y se establecieron como células independientes en las grandes urbes. Sin embargo, las maras no son solo producto de los fuertes flujos migratorios de retorno. La pobreza, la precariedad y la carencia de servicios sociales básicos, unidos a la presencia de drogas, las dinámicas violentas y la brutalidad policial, favorecieron un caldo de cultivo explosivo. El crecimiento urbano rápido y desordenado creó barrios en barrancos y orillas de ríos donde las familias vivían hacinadas. El abandono de las autoridades hacia estas zonas generó un vacío de poder que las maras no tardaron en aprovechar.

Las identidades culturales importadas de Estados Unidos jugaron un papel fundamental para enfrentar la marginación y la violencia, pero los procesos de exclusión socioeconómica y la debilidad institucional de los Gobiernos de Honduras, Guatemala y El Salvador crearon el espacio perfecto para la expansión de las maras.

Informe completo.  elordenmundial.com

Saludos

Mario Meneses

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